jueves, diciembre 10, 2009
Cierra los ojos. Vuelven a hablar sobre el hábitat natural de los ornitorrincos, mencionan la influencia provechosa del clima oceánico sobre los cultivos, rezan para augurar unos buenos resultados académicos.
Coloca la mano derecha sobre el radiador, quema con esa pulsión helada que precede a las ampollas. Conjura unos ojos libidinosos tras unas gafas anodinas, los trajes estrictos y los dedos que tiemblan cada vez que el deseo lo deja en evidencia a partir de signos físicos.
Lame las palabras redundantes y las transforma en peticiones impuras, y los trazos realizados en la pizarra en caricias que toman sus muslos. En azotes.
Los pasos son embestidas, la cabalga, contra esa misma caldera hogareña.
Lo mira, exhala y un botón programado se libera de su respectivo hojal. En primera fila, fingiendo con todas las de la ley ser la alumna excepcional.
Mientras el profesor se descoloca, lanza una mirada desesperada al crucifijo que flaquea en la pared desnuda y agujereada. Y los ornitorrincos flotan entre aguas de pantano estancadas, y las tempestades no requeridas estallan provocando daños irreparables.
Imprevistas y caprichosas.
martes, diciembre 08, 2009
Nunca supo exactamente que le atrajo de ella en un primer momento.
Ni siquiera, demonios, desde el físico hasta su actitud conformaban el antagonista a su alter ego en terreno amoroso. Menuda, esmirriada, blanquecina, con los ojos oscuros siempre acompañados de cercos nauseabundos, muñecas laceradas y guardarropa de una víctima de la segunda guerra mundial.
Justo cuando se cruzó con ella pensó en los campos de concentración nazis, y en los pabellones de descanso para afectados de tuberculosis.
Una enferma del vicio, de la desesperación. Y ahora sabía que no prejuzgó erróneamente, era una mujer imposible, encerrada en sí misma, atacada por su misma existencia. Era la clase de perfil que rechazarían en la más atrevida agencia de parejas.
Se enamoró de ella.
En ningún momento nada fue tan intenso, nada tuvo tanto sentido artístico profundo como cuando la vislumbró entre dos paredes mugrientas que parecían acercarse la una a la otra con ansia. Acostada siguiendo un patrón de ángulos abstractos, con su americana polvorienta rajada, los ojos cerrados, la respiración descompasada y una sonrisa de dientes embadurnados de rojo.
Olvidó el número de la policía, la ambulancia y de su propia madre, que con seguridad acudiría a escudriñar el suceso morboso. Se inclinó sobre el cuerpo por momentos estáticos, aspiró el aroma a dolor y violeta.
Se deshizo en un momento de lo que el llamaba su "inseguridad social", que se traduce en una cobardía extrema que lo atacaba siempre que ponía un pie fuera de su estructurado plan de existencia. La colocó de perfil y la cargó sobre sus brazos, luego llegó lo más dificultoso y decisivo.
- ¿Co...cómo te llamas?
domingo, diciembre 06, 2009
Ayer mis pies amenazaron con suicidarse, andaba cautelosa y ellos gritaban, rugían y trataban de despegarse de mi tobillo aseteado por las marcas de la inexperiencia.
Me senté en el bordillo de un piso tomado por los okupas, coloqué mi bolso-pocilga defediendo de las miradas el rincón que apenas unos minutos antes había explotado y exhibido con entusiasmo. Pudor repentino del pecador.
Las luces de un escaparate lanzaban su último suspiro, un niño se deshacía de un chicle desde la ventana del monovolúmen que compartía con cinco mocosos más, y estaba esa mujer... Su expresión de desconcierto y la quietud de todos sus miembros en ese lugar tan poco adecuado atufaban a Alzheimer en el mayor grado de degradación.
Justo tras mi melena cardada la música atronaba, como bestias del infierno escapando para sembrar el terror. Guitarras, baterías que sonaban a puñetazos y costillas descolgadas. Rock duro, rock de sudor, de sexo y de sustancias mastica conciencias.
No, no estaba totalmente inmóvil. Pude ver como sus rizos compactos se movían de izquierda a derecha, junto con todo su cráneo de piel ajada, marcaba el ritmo, ese mismo ritmo, y su carrito de la compra bailaba con la soltura que ella hubiese deseado.
miércoles, diciembre 02, 2009
Arrancó las etiquetas fosforescentes del espejo, lo emborronó de negro dejando algunos agujeros al reflejo de sus ojos.
Era bella, cínica, frívola, y una puta ineficaz. Como todas aquellas personas excepcionales estaba destinada a morir sola.
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