viernes, septiembre 10, 2010
Un día antes de que Nadine decidiese no volver a usar su pintalabios de la suerte Clío y ella se encontraron. Clío estaba acurrucada contra una farola, envuelta en rebecas de lana hechas a mano y dando sorbos a un termo que destilaba batido de vainilla caliente. Era una entrañable parodia del mendigo alcohólico. Nadine, con la mayor parte de la carne expuesta al frío y un cúmulo de billetes en el sujetador se sentó junto a ella.
Bebieron juntas y se dedicaron a obsevar los bichejos que se consagraban a la luz mortecina en busca de la redención. Quizá, lo más adecuado para ellas habría sido entablar una conversación remotamente existencialista, pero a ambas las enmudecía esa vergüenza muda que solo asalta a los que se sienten culpables moralmente.
Se quedaron estáticas y expectantes, dos, tres, cuatro horas. Hasta que la farola decidió dejar de funcionar, los insectos se largaron decepcionados y ellas rompieron la unidad anónima caminando en direcciones opuestas.

1 pildoras alucinógenas:

enrojecerse dijo...

no sé porque pero esta frase: "hasta que las farolas dejaron de funcionar" me gusta mucho.

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