sábado, diciembre 11, 2010
Podríamos habernos conformado con bailar el tango de nuestra vida iluminados por las llamas de una magnífica chimenea, tú con tu pistola en uno de los bolsillos de la chaqueta, y yo con la mía prendida de una liga matrimonial. Habría sido idóneo, rozando la perfección absoluta, el satén, los labios rojos y la malicia conjunta. Estuvimos hechos el uno para el otro desde el momento en que mis labios chocaron contra tu mejilla recién afeitada. Eras el Don Juan altamente inteligente, y yo la cordera ficticia, la engañosa rubia tontita. Fíjate que, entre plan y estrategia, incluso nos hacíamos cariñitos de pareja convencional. Qué mentirosos éramos, y cómo nos gustaba. El hecho de que nuestra relación biológica y mental se sostuviese dentro de los estrictos márgenes del secretismo. Nada de rumores, nada de preguntas, la cama calla y nacimos para la discreción. Parecíamos movernos con elegancia contra la corriente, tan magistralmente que a veces nos cegaba la impresión de que dominábamos todo cuanto nos alimentaba los ojos. Fue el ensueño prohibido, y no puedo hablar de amor porque desconozco si dos alimañas perversas pueden verse sumergidas en ese afecto desinteresado. No, nunca pregunté, quedamos en que preferíamos la espontaneidad. Sé que resulta confuso, y contradictorio. Y ese final de cuento oscuro habría sido el broche final a la relación más genuina de la historia. Pero a grandes historias, pésimos finales. Un fracaso. Lágrimas, recuerdo que cogi un tren y me bajé a medio camino. Acabé desperdigada en la cama de un hotel. Rompí los lazos pero te habías incrustado en mi alma. Y yo en la tuya, chico malo. Tan complementarios, y tan venenosos el uno para el otro.

2 pildoras alucinógenas:

enrojecerse dijo...

Si se acuerda tan bien seguro que sí, que se trataba de amor.

Ronro Love dijo...

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