sábado, octubre 23, 2010
Mientras su padre se asomaba al espejo retrovisor para limpiarse las gafas ancladas en los setenta del mal gusto, ella se bajaba un poco la falda y mordisqueaba el residuo industrial que había comprado casi inconscientemente. El cincuentón suspiró haciendo eco de sus canas de reproducción acelerada, y ella metió el disco de nostalgia. Sonaba "Wonderful World" y, sin necesidad de mirarse un segundo, ambos empezaron a entonarla bajito, más para sí mismos. No podía considerarse una de esas comunicacíones extrasensoriales, ella no dejaba de da vueltas a la idea de que esa mancha rojiza en sus bragas significaba el funeral de la inocencia, y él seguramente concluía que el matrimonio era la condena mejor fundamentada. Eran extraños que compartían por acción del azar ese mismo código que los secuenciaba como pelirrojos de poca monta. A pesar de que él no conociese las hazañas poco morales de su criatura y ella lo tuviese en el pedestal de la inutilidad, una delgada linea fue capaz de relacionarlos durante esos dos minutos cincuenta y siete segundos.

1 pildoras alucinógenas:

enrojecerse dijo...

No hay tanta distancia como piensan,
seguro.

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